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Montandome a la kinesiologa colombiana Samanta

La primera cita con una kinesiologa colombiana fue la mejor noche de mi vida.

La conocí un lunes por la noche, luego de salir del trabajo. Estaba estresado, con dolores de cuello y espalda, y para nada quería retornar a casa. Lima se veía tan susceptible, carajo; solo quería pasarla bien, mi terno acomodado para que no se arrugue en el perchero y el maletín dejado en la alfombra de un hotel en San Isidro, es todo; me eché en la cama, sin pensar en nada, solo quería ver a ella, la de la foto… y recibir unos grandes masajes de esta gran kinesióloga.

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Samanta. La había encontrado en el portal Damas de Rojo, buscando en google unas palabras claves: colombianas, Lima, escorts.

En el cuarto donde nos habíamos puesto de acuerdo, ella salió de ducharse con el pelo recién mojado; un babydoll morado, de encajes de seda me dejó boquiabierto. Se dirigió a mí, y me dijo algo así como “Papi, véngase acá mi peluchito, para unos masajes yo lo llevaré al paraíso”.

Es decir, ninguna acompañante peruana hasta el momento llegó a ese grado de sensualidad y ternura, entre divina y pecaminosa.  Me mató. Puntos para ti, le dije. Si a alguien tendré que darle algo más esta noche de pecado, era a ella que me trató esa noche como a un dios.

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Mi kinesiologa colombiana preferida

Su acento colombiano me arrechaba más.  Y al momento de jadear, las palabras que me decía. Una puta elegante, una modelo A – 1, ahora solo para mí, sus ojos, su nariz, su rostro, su cuello, todo su cuerpo y existencia era una obra de arte. Dios mío, qué belleza de culo, qué experto para dibujar ese fina carrocería.

Le besé sus pezones morenos, agradables y no tan expandidos. Ideales, para agarrarlos con mi mano, tetitas saltonas y apenas las mordí con mi boca. Sujeté sus negros tacones altos, y pasaba mi pene erecto por sus mallas, apresándolo; le hice un beso negro porque ya no resistía más. Qué nena, qué delicia. Solo quería estar ahí, juro que fueron diez minutos mágicos de esta acompañante experta en la cama. Una kinesióloga de lujo.

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Enseguida le dije que se monte. La verdad es que yo había salido del trabajo para no moverme mucho, estuve algo pasivo, cierto, pero de cuando en cuando le daba por atrás. Dejé que me posea. Era una demonia. Una licuadora de tres velocidades. Sus enormes glúteos de Bogotá me escondieron el techo, solo su inmensidad culona sobre mi cara. Solo el olor de ella, empapada, lubricando a mares, doy fe de esto porque un espejo apenas me dejaba mirarla por completo.

Sus muslos, sus piernas, eran demasiado. La llenaba de besos en la previa, sin ningún tipo guion o pensamiento racional, solo me dejaba llevar y actuaba porque en sí, quería olvidarme del mundo, y me lo hacían olvidar esa hermosa cara, y su culo que se abría y cerraba como una planta carnívora devorando mi pene. Estando con Samanta supe que la noche debería ser eterna, los apretones de sus rodillas cruzando mi espalda, un castigo erótico que resucita.

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Terminé en su boca. Me sentí como renacido. Ella se despidió como si fuera mi novia, un besito en la boca, tímida, yo apenas me pude levantar de la cama por sus atenciones y habilidades, realmente que gran kinesióloga. Tomé un duchazo con ella, un café, un par de panes, vi el reloj…

  • Nena, tengo que regresar al trabajo.
  • Ok, bebé, sin duda te irá mejor…

La acompañé al taxi a mi escogida dama de rojo. Con Samanta, ahora sé que las noches colombianas son húmedas y calientes, bañándome en su mar íntimo infinito.

 

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